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domingo, 1 de marzo de 2009

De hamburguesas y sanguchones



Me gusta el chimichurri, pero no es tan rico sobre mi ropa, desde ese día le tengo miedo, solo quería comer alguito, encontrar un carrito sanguchero de esos baratos (máximo 5 soles) pero en San Isidro es difícil ubicarlos. Tenía que trabajar, cubrir un evento de la empresa (los sacrificios de un comunicador), y llegamos demasiado temprano. Así que fiel a mi costumbre aventurera salí a buscar algún milagroso pan con algo.

No entiendo por qué la “comida rápida” en el Perú viene a ser una especie de lujo “lorcho”, en realidad es cara para nuestros bolsillos, y pensar que en otros países es solo basura, acá la adoramos y mitificamos. Aunque no niego que tienen un saborcito agradable, especialmente cuando te haces la idea de que debe haber un ratón o rata metida en tu pan. Ese mito tan difundido de que la materia prima utilizada para la preparación de hamburguesas son ratas es un tanto inverosímil, imaginen a un grupo de trabajadores de Mc Donalds persiguiendo animalitos en la avenida más cercana, tendrían que ser bien grandotas para poder producir una Mc doble. O quizás cogen ratas del tamaño de Quimper o Rómulo, extendiendo lo de “rata” hasta el congreso (con minúscula) de la República, ahora entiendo por qué venden tanto, esos animales están gorditos. Más fácil sería criarlas, pero criar ratas, procesarlas y todo, debe ser más complicado que criar vacas y eso. Aunque sí hubo casos en que por ahí se coló un roedor, o se le cayó el diente flojo dentro de la olla, o que el empleado molesto dejó caer alguna colita cimbreante mientras juntaba los ingredientes, pero más allá de eso no pasa.

Entré al Bembos, famosa y reconocida franquicia peruana, que tiene sabores y mezclas interesantes, no podía faltar el chimichurri en el asunto así que pedí una “medium”, otra inteligente forma de discriminar al que menos tiene, o de sacarte más plata para no quedarte mirando al de al lado mientras termina su comida después. Por cierto, ya no existen ni las papas o gaseosas “pequeñas”, “junior” o “small”, ahora se llaman “regulares”, como si regularmente lo que consumes sea de ese tamaño (con disculpas de algunas mujeres) lo bueno de todo es que ya no me dirán “mecha corta” puedo decir que soy regular no más. Maravillas del marketing aplicadas a la vida diaria.

Nunca hubiera imaginado que la grasa chorreaba tanto, mezclada con el jugoso chimichurri, mi ropa tuvo un festín de olor y sabor del cual no me percaté hasta que llegué al hotel completamente empapado (camisa, pantalón y zapatos). Si Mister Bean me viera se sentiría orgulloso de no ser el único idiota echándose jabón de manos a la ropa, en un baño de hotel antes de ingresar a un evento donde todos estaban de lo más pulcros, después de eso pasé por la secadora de manos, y por último apliqué la técnica del halls para el aliento (claro que no funcionó). De haber encontrado un carrito sanguchero nada de eso hubiera pasado.

Esas salvadoras expresiones gastronómicas que te apoyan tanto en las madrugadas juergueras de Lima, o cuando te apetece grasa por kilos, pero sabrosa, esas que se dice “están hechas de cartón” por que definitivamente carne no es, esas que se vuelven íconos universitarios como el “Tío Bigote” de la PUCP o la “Tía Poison” de la Universidad de Lima (pueden ver sus perfiles en el Facebook, aunque creo que el de la tía poison lo han quitado) los famosos sanguchones que no te importa lo que contengan, solo que se vea enorme y con todas las “cremas” que van desde la clásica mayonesa, hasta palta, aceituna, cebolla, o ají de todos los colores (huancaína, ocopa, etc).

También llevan papas, normalmente al hilo, siempre me hacen heridas en la boca, pero un sándwich sin eso no es sanguchón. Por cierto, notarán que tengo problemas para escribir esa bendita palabra ¿cuándo diablos la incluyeron en el diccionario de la Real Academia de la Lengua? Además, al menos en Perú, nadie sabe como se escribe, pueden ver letreros con numerosas combinaciones de letras “sanguich”, “sanwitch”, “sanguche”, sandwuche”, hay de todo y no exagero, pero siempre entiendes que es pan con algo. Regresando a las papas, si tienes suerte te incluyen las de la “salchipapa” esas gruesitas más blandas que solo se colocan si sobraron o si la tía que vende es tu caserita y te “manya”.

Ya con suficiente vergüenza entré a presenciar el evento, por supuesto no me acercaba a nadie que no conociera y menos si esa persona estaba con terno. Pero ¡oh desgracia! Justo una amiga de aquellas que siempre quieres conservar, una persona que tiene mi edad y ya es coordinadora de un suplemento de El Comercio, justo a ella me la tenía que cruzar, le conté lo sucedido, por supuesto las carcajadas sobraron. Claro que lo peor aún no llegaba, al moverme solo unos pocos metros me encuentro cara a cara con simpáticos padres de mi ex, muy bien vestidos ellos, como se debe ir a un evento de esa naturaleza. Yo, además de sudado y apestoso, también estaba manchado con grasa, no se que habrán pensado, yo solo me retiré lo más rápido posible al salón para el cocktail, con 5 pisco sours seguidos, casi se me va toda la vergüenza, digo casi, siempre queda un poco.

Si Gastón Acurio visitó tu sanguchería, siéntete contento, podrás aumentar los precios en un 50%, últimamente una foto con él vale más que un registro sanitario pegado en la pared, en general, cualquier cosa que pise Gastón se vuelve oro, no quieras que te pise a ti también. Lo bueno es que supo describir la rica variedad de “sanguches” que tenemos en el país, la verdad es que le metemos de todo al pan, quiero decir, si le metes un tamal a un pan francés, realmente debes tener una afición maldita por rellenar panes.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Patita Broaster



La ciudad sorprende día a día a aquel que sepa redescubrirla, solo hay que estar atento, puede ser con los ojos, el olfato y hasta el tacto (saludos a los peruanísimos metedores de mano) te da más sorpresas que Jaime Bayly con su postulación a la presidencia de la república o el poder judicial metiendo en cana a Magaly, más pintoresca que la grabación de Rómulo León y que un post en mi blog después de como mil meses. Esto sucedió en un paseo inesperado por Gamarra Shopping Center, acompañando a una buena compañera, en las veredas de la avenida Huánuco noté la formación de una extensa y variada cadena gastronómica, nada raro para ser el centro de Lima.

Los antojos producidos por esas aromáticas formas se desvanecen de golpe cuando la vista enfoca la elaboración o almacenamiento de los productos, por ejemplo, a pesar de ser las 6 de la tarde, aún había cebiche en un par de esos puestos. Claro que el menú se diversifica con el paso de las horas, en la mañana encuentras tu pan con tortilla, el infaltable emoliente o quaker con membrillo. Ya para la media mañana van saliendo los cebiches en vaso, a un sol no más; la papita con ají, eso a china; los huevitos de codorniz, te los sirven en bolsa para llevar y algunas otras delicias. Al medio día los olores se intensifican, el menú ya está listo para servirse y van pasando los “delivery” hasta el puesto de trabajo, esas bandejas pasean por la avenida Abancay sin el menor reparo en la contaminación presente.

Lo que sí no había observado es la hora del lonchecito ni de la cena, por cosas de la vida mi estancia en el centro de Lima nunca ha pasado las 5 pm, aquella vez, a pesar de tener que cuidar que no nos quiten algo, pude observar varios carritos de esos, infaltables salchipapas, hamburguesas, pancito recién horneado, anticuchos y pancita. Todo estaba en perfecta armonía cuando me detuve en algo que no cuadraba bien dentro de mi estructura predeterminada de carrito salchipapero, mil patas de pollo perfectamente alineadas y fritas a la espera de comensales deseosos de llevarse un hueso a la boca con sabor a aceite. Además de alitas broaster (o brosther, broster, bhroster, mil combinaciones más) mi idea de este tipo de fritura andaba bien limitada, fue una revelación, descubrir el qué sé yo de la vida nuevamente, admirar otra vez mi ciudad (por que es mía) decir "que paja es el Perú", y salir con una gran sonrisa de satisfacción al saber que mi paseo por Gamarra no había sido en vano.

Fue la misma admiración cuando en Arequipa probé aquella combinación “a la parrilla” también de huesos de pata de pollo con mote y demás vísceras, todo en bolsa a cincuenta céntimos; o el caldo de cabeza en Huaraz, con la cabeza del carnero al lado; quizás la gelatina de pata de vaca en Huancayo, juro que es gelatina y juro que no sabe a pezuña; también podemos contar la primera vez que me sirvieron cuy, espantoso pero simpático dentro de todo; y ni qué hablar del agua de coco en Tumbes, tan turbia como el agua de caño, no solo por las manos del que servía, también por el machete que cortaba; mil cosas más como esas que me tienen sonriendo un par de horas extra al día y que no pueden dejar de mencionarse.

No me voy a colgar de todos aquellos que se han subido a la “ola” de ensalzar la creatividad peruana porque considero que en todos los países del mundo hay creatividad, y siempre es loable, pero definitivamente no puedo dejar de observar que tenemos algunas cosas raras. Andar caminando por la calle con tu pata de pollo broaster debe ser una experiencia única que no me atreví a realizar, primero por que junto con las patas amontonadas había mil cosas más y mi salud estomacal ya no es la de antes, segundo porque ¡la pata no tiene carne! No es tan divertido masticar hueso frito por ahí.

Anímate a consumir estos manjares, algún día los vas a extrañar, o vas pensar “por qué no me atreví”. También puede pasar que los comas y me odies el resto de la vida gracias a la tifoidea o cualquier otra cosa que te pueda dar, es cuestión de arriesgarse.